Seguridad en movimiento

Los zapatos de seguridad, los afiches y los extintores no son solo herramientas técnicas. En ellos se condensa una forma de pensar el trabajo: una cultura de la protección y del cuidado colectivo. En la Colección Patrimonial de EFE, estos objetos conservan la memoria de quienes han dedicado su vida a resguardar la de otros.

En la Maestranza San Eugenio, Eduardo Sánchez ha sido parte de esa historia. Durante años ha trabajado en el ámbito de la prevención de riesgos. Cuando comenzó, recuerda, las normas de seguridad no estaban tan estandarizadas o incorporadas como hoy. Los propios equipos ferroviarios debían probar los elementos de protección para asegurar su eficacia: pedían distintos modelos de zapatos, los exponían a condiciones extremas y registraban los resultados antes de decidir una compra. Era un ejercicio de observación, ensayo y error, pero sobre todo de responsabilidad: cuidar no era solo cumplir con una norma, sino garantizar que cada persona volviera sana a su casa.

Eduardo cuenta que su vocación se definió por un momento inesperado. Ya dentro de la empresa, una conversación casual con un compañero terminó salvando una vida. Aquel día comprendió que la prevención no es una tarea administrativa, sino una forma de anticipar el riesgo desde el cuidado y la protección.

Recién a fines de la década de 1960, impulsada por diversos sectores industriales y sociales, se promulga la Ley N° 16.744, que establece el Seguro Social contra Riesgos de Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales. Esta ley marcó un hito al poner en el centro la vulnerabilidad de las personas trabajadoras y la necesidad de un sistema preventivo. Desde entonces, la seguridad comenzó a entenderse no solo como una obligación, sino también como un derecho.

Detrás de cada elemento de seguridad hay una historia semejante. El primer extintor, creado hace más de dos siglos, mantiene casi intacto su principio de funcionamiento: contener la presión y liberar el agente que apaga el fuego. En las maestranzas, sin embargo, cada extintor cuenta algo más: la pintura gastada, el número de serie, las marcas de las manos que lo sostuvieron. Lo mismo ocurre con los zapatos, cascos o afiches. Éstos últimos han cambiado a lo largo del tiempo, algunos tomaban claras referencias del cine o de las caricaturas, mientras otros adoptan lenguajes más técnicos. Entre ellos destaca la señalética elaborada por el propio Eduardo, quien recuerda que antes se aprovechaban todos los materiales disponibles para fabricar a mano los avisos de seguridad. Más allá de los avances visuales o tecnológicos, su propósito sigue siendo el mismo: recordarnos que cuidarnos —y cuidar a quienes se vinculan con nosotros— sigue estando en nuestras manos.

Hablamos de curaduría al elegir los objetos presentados en cada una de estas cápsulas. Seleccionar, observar y disponer las piezas no es un acto neutral: es una forma de pensar cómo se enlazan la técnica, la historia y la sensibilidad. La palabra curar proviene del latín cura: cuidar, atender, velar. Y cuidar, en el mundo ferroviario, ha sido siempre una tarea compartida. Cada vez que un objeto se preserva, se cumple también una forma de prevención: la de evitar que la memoria se pierda.

En Objetos con Historia, estos testimonios nos recuerdan que el patrimonio no solo se conserva en vitrinas, sino en los gestos cotidianos de quienes siguen manteniendo vivo el espíritu del tren. Eduardo representa esa continuidad: el paso de la técnica al afecto, del riesgo al resguardo, del trabajo individual al cuidado colectivo. Porque, al final, cuidar de dónde venimos también es una manera de seguir protegiendo nuestro camino.

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